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El camino del tabaco de Erskine Caldwell







“Aunque a veces los ricos nunca ayuden a un pobre, mientras los pobres son capaces de dar todo lo que tienen para ayudar al que no tiene nada. No creo que debía de ser así, pero supongo que los ricos no tienen tiempo que perder con los pobres”.


Para Milagros Pajuelo Valdez y su inagotable perspicacia en la literatura


La literatura norteamericana de inicios del siglo XX abunda en novelas que dan cuenta de la existencia y la supervivencia en los campos sureños o de pobres ciudades avasalladas por un repentino e imparable cambio de sistema económico-social. Recordemos inmortales clásicos como Las uvas de la ira, Luz de agosto, entre otras.

El escritor norteamericano Erskine Caldwell es uno de los grandes escritores de ese país y uno de los representantes del subgénero literario conocido como gótico sureño, aquel que emplea escenarios tétricos y extraños, situaciones grotescas y violentas para dar cuenta de la cultura y sociedad sureña más profunda de los Estados Unidos. Es decir, un medio para conocer lo vetado de un grupo humano escondido de sí mismo y del que solo se oyen leyendas oscuras luego de la guerra civil norteamericana.

El camino del tabaco, su novela más conocida, comparte con otros novelistas (como Faulkner, McCullers, O´Connor, Harper Lee) algunos elementos del subgénero sin ahondar en técnicas complejas ni en tramas enrevesadas. 
Considerada un clásico del siglo XX, su autor fue ovacionado por muchos de sus contemporáneos que lo incluían entre los hombres de letras más importantes de su nación.

Por su parte, el libro mencionado, como señala una edición de Oveja negra (1985), “supuso un serio golpe al mítico sueño de oro americano”, y que además posee ricos elementos que no solo la encuadran en el género mencionado. Se trata, pues, de una obra que perturba al lector con un espacio rural desgastado y repleto de miseria, pero (de allí su maravilla) que su tono narrativo no repite lo que podría esperarse de un libro de denuncia social.



El camino del tabaco no es una novela que, como las de Faulkner, nos apabulla en un espacio trágico, con fantasmas en los armarios o una naturaleza adversa a los hombres. Este libro demuestra a Caldwell como un escritor que despliega una narrador omnisciente que ayuda a sus lectores a reconocer íntimamente a sus seres ficcionales, pero que continuamente deja espacio para que se interpreten sus angustias y anhelos. Su crudeza narrativa informa, incomoda, aunque no es melodramática o trágica, despliega ironías y risas naturales.

La novela de Erskine Caldwell posee un hilarante sentido del humor negro incluso en sus escenas más crudas e incómodas, lo que permite entender a los protagonistas, su psicología y sus objetivos más básicos. Un posicionamiento para nada maniqueísta. Su prosa cumple con presentar a personajes —en diálogos hábilmente construidos con naturalidad, captando el núcleo de sus personalidades— como seres miserables, canallas y víctimas tanto de sus propias decisiones como de un contexto adverso, que les obliga a decidir si emigrar a la ciudad cuando sus tierras han perdido productividad y no pueden sostenerse.

El libro es conciso y su estructura de diecinueve capítulos sirve como los actos en una obra dramática: se segmentan y presentan episodios relevantes, sin perder la continuidad de la lectura. Esto se debe al empleo del tiempo por parte de Caldwell: es una novela que no emplea recursos estilísticos complejos, sino que depende de la cadencia de su prosa cruda y violenta, que describe notablemente los campos y los espacios donde los personajes interactúan. Asimismo, podría decirse que las escenas que describen los enfrentamientos personales no abandonan la risa a pesar que se pueblen de luchas feroces.

Por su estructura, creemos que este libro es uno de los intentos más formidables de mostrar la completa descomposición de una familia agrícola del sur profundo. La familia Lester es la protagonista y la de mayor peso en la trama, aunque surjan otros actores de relevancia. Jeeter Lester es el padre y es un viejo pragmático que no pierde la esperanza de cultivar sus tierras, pero se ha quedado inanimado a voluntad y prefiere esperar la gracia divina o un imposible préstamo. Después tenemos a Ada, su mujer, quien ha parido diecisiete hijos y todos se le han escapado para no compartir el hambre y su destino. Solo conviven con ellos la abuela Lester, Dude, Ellie May y Pearl.

El argumento nos sitúa con el problema matrimonial de la pequeña Pearl, dada en matrimonio a un hombre mayor y abusivo, Love Bensey; también con la predicadora Bessie Rice con un defecto en el rostro que no le quita el deseo de casarse con Dude. Por último, el conflicto mayor del libro se lo lleva Jeeter con su negativa de no dejar sus cultivos a que viajar a la ciudad de Augusta a trabajar en las hilanderías.

El libro se impregnan de mayor universalidad por sus temas. Primero, por el fanatismo y la irracionalidad religiosas presentes en la figura de Bessie, una mujer mayor que trata de considerar las calamidades de los Lester como pecados hacia Dios, y que esconde una intensa lujuria acompañada de una penosa mezquindad. Un segundo tema lo presentan los lazos familiares anclados en un patriarcado deplorable: el padre casa a su hija menor para conseguir comida sin darse al trabajo de agricultor, o intentar que Ellie May se enrede con algún hombre para su supervivencia.

Por último, podríamos declarar que todo este contexto es dibujado con un estilo eminentemente realista; asistimos a la presentación y reconocimiento de personajes únicos por medio de sus actos y sus discursos, que el autor manipula con maestría quirúrgica. Es un libro sin puntos flojos; es intensa y breve, fijada en episodios continuos cargados de humor negro que no hacen sino lacerar al lector con la crueldad y la miseria humana, sin llevarlos a las lágrimas. Antes bien, busca rearmar un pasado decadente por el avance del capitalismo en las ciudades y el empobrecimiento de los campos. Las víctimas deben adaptarse al cambio, como les proclaman sus autoridades, o malvivir hasta resecarse como sus cultivos. De esta forma, la violencia hacia sus semejantes se transforma en el arma necesaria para robar el pábulo y la esperanza de fructificar sus campos, de retomar lo que saben hacer: sembrar y cosechar sus campos.



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