"Yo era una mujer casada, y sufría por serlo. Como tantas otras antes y después que yo, tuve mala suerte en el matrimonio. Me había casado con un verdadero monstruo".
Este libro es una de las primeras ediciones peruanas de un libro de Aira y mi primer acercamiento a la obra del argentino. Debo confesar que su lectura se siente más como una experiencia vanguardista, en una escala distinta y extraña, que en la lectura de una novela del siglo XXI. Es quizás, también, toparse con un artefacto literario que secretamente te remite a múltiples referencias y a experiencias inéditas en la literatura latinoamericana.
Esta pequeña novela, de menos de 80 páginas, narra la existencia de una mujer, que se hace llamar Gladys, y lo que le ocurre dentro de su abusivo y rutinario matrimonio. La vida de la narradora —que parece una mujer en sus treinta años y con cierta cultura— transcurre en un espacio íntimo; por momentos el lector se siente dentro de un locker que lo asfixia con lo inverosímil que pueden sonar las conclusiones y razones por las que Gladys se mantiene atada a un hombre que la maltrata a través de acciones que no son físicas.
Para
sobrevivir a esta clima y mantenerse pasiva, se apoya en unas amigas imaginarias que nos son
reveladas, a modo de giro de trama, recién en el capítulo 3:
Si bien reconocía el valor del consejo de mis amigas, tenía un buen motivo para no seguirlo: yo no tenía amigas reales (…) Como una precaución extra, las hacía dirigirse a mí con un nombre que no era el mío: Gladys. (p. 46 y 47)
Este recurso
narrativo propio de la novela tradicional genera en el lector aún más interés
en continuar leyendo el amplio monólogo (me atrevo a llamarlo así) de la
narradora y consigue, un tanto, verosimilitud así como suspender la suspicacia que se
genera en los episodios de la novela (que son contados).
Tres son los
momentos clave en la trama. El primero cuenta la sorpresa de que su esposo
le genera al traerle las cabezas cercenadas de sus padres, donde ella, como es natural, queda
pasmada y solo elucubra cómo evitar ser acusada de cómplice o de pensar si lo
hizo su marido o lo encargó a un sicario. Luego, tenemos la extraña y nunca
explicada aparición de un niño, quien evita que los liquiden de los dealers a quien su
marido les debe (el hombre es un adicto a drogas, pero no sabemos a cuál) a
través de un discurso sentimental que los conmueve. Por último, cuando Gladys
es testigo de la lucha de dos extrañas criaturas (como si estuviera viendo una
película de kaijus —monstruos de la mitología japonesa, populares en el cine
oriental—), donde uno es un dragón con piel viscosa y el otro un ser gordo peludo
con cuernos, patas de rana… que luchan en la calle a vista y paciencia de los
transeúntes, quienes luego pierden interés en el inverosímil espectáculo. Este es Aira convirtiendo una historia
que inició del modo más “realista” posible hasta convertirse en un texto repleto de alegorías y de episodios que encierran un misterio.
En conclusión, en la trama desfilan muchas confesiones y dudas acerca del matrimonio y su significado, que se engarzan con episodios llamativos y extraños que describen el estado de desamparo y la resistencia que elabora Gladys para sobrevivir a su marido. Sin embargo, el final de la novela tiene un fin sencillamente feliz.

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