
Cuando en la vida de un hombre suceden tantas cosas, al acercarse el final se desea finalizar bien. Así lo quiso el querido "tío" Julio que educó a sus hijastros como los suyos y a los hijos de estos como sus nietos. No quiero detenerme en rememorar su velorio y el viaje a su última morada. Mi fin es únicamente recordar escenas del pasado que se han quedado en mi mente y otras que se han mezclado con la fantasía de esos años.
Yo tenía a lo mucho 5 años cuando fui a Quepepampa, un pueblo al norte del departamento limeño (el llamado Norte chico), por primera vez ya consciente de ello. Antes había vivido allí al nacer.
La casa donde vivía el tío Julio era de dos pisos, ahí envejecía mi bisabuela fallecida, Luisa, al lado de su segundo compromiso Julio.
Cuando yo llegaba a esa casa a jugar solo o con algunos de mis primos o primas, el tío Julio, además de cuidar a la bisabuela enferma, veía muchas películas de kung fu, que creo que por eso les tengo aprecio. A veces me detenía a verlas casi imperceptible a su vista. Mientras, él atento veía desde su sofá, que siempre que me sentaba había una que otra hormiga. Realmente me daba risa.
Las películas generalmente no las recuerdo bien, pero sí que me fascinaban, creo a ver visto una de Bruce Lee contra Chuck Norris, o sea podrían haber sido películas setenteras u ochenteras. Claro que no las entendía del todo, porque estaban empezadas las veces que me detenía.
Su carácter para conmigo no fue especial con diferencia a los otros niños. Yo era nieto de una de las hijas de la bisabuela que él tenía aprecio y cariño: Lupe, mi abuela difunta.
Julio se había ocupado de los hijos de la bisabuela cuando el marido de ella falleció (o al menos eso creo) y se dedicó a los hijos de estos como si se tratara de su familia de sangre. Y lo fue ya que se integraron todos. En un cumpleaños que recuerdo donde se le notaba envejecido, unos pocos familiares se dedicaron a su vejez.
En el segundo piso de la casa -las veces que la vi siempre celeste, de puertita de madera, con vidrios en rombo- el tío criaba sus gallos de pelea. Siempre me animaba a subir a verlos, pero el tío no quería, alegaba que eran peligrosos.
Desde la entrada había como un banquillo grande apegado a la pared. Al frente de la puerta se veía el televisor antiguo, apoyado en una vitrina antigua, más a allá, a su diestra, estaba el pasaje que daba a los cuartos, a la cocina y al patio. Por lo que en la entrada se hallaba las escaleras de cemento que llevaban al segundo piso. Al ladito me acostaba en el mueble forrado de blanco.
Esa vez que subí a ver a los gallos, me llevé una sorpresa al ver que los animales estaban encerrados en jaulas de maderas con barrotes, como presos. Creí que los vería en un corral; sin embargo, me dijeron que estar juntos propiciaba la pelea.
Los gallos eran coloridos, con la mirada enrojecida, las alas de color oscuro, brillaba su plumaje bajo los rayos solares. Recorrí las jaulas poco a poco mirando a los gallos. Cada uno con su platillo de comida y su botella de plástico cortada por la mitad para el agua.
Bajé porque el tío Julio me dijo o por mi cuenta no recuerdo bien. Tampoco sé que fue de los gallos.
Aunque era padastro ninguno le decía por su nombre, sino como "tío". Así nos acostumbramos las siguientes generaciones y lo veíamos con respeto y con cariño.
A pocos días de su partida, en este pequeño blog le ha dado un espacio tan importante como lo que se viene escribiendo.
La última reflexión que deseaba hacer era que vivir agradecidos con la persona que nos ayuda y socorre no es una carga, sino el testimonio de una vida que se sacrifica por otros. El vivir agradecidos y velar por esa persona es suficiente a los ojos de Dios. Recuerden: dentro de las posibilidades se auxilia a esa persona o personas tan queridas...
AH, LOS TÍOS.
ResponderEliminarESAS PERSONADS ENCARGADAS DE CUMPLIRNOS LOS CAPRICHOS QUE NOS NIEGAN LOS PADRES Y QUE ADEMÀS SE GANAN NUESTRA CONFIANZA Y RESPETO.
UNA COMPLICIDAD QUE NO VA A TERMINAR NUNCA.