Las nuevas generaciones (por no encontrar un
mejor adjetivo que no despierte miramientos por parte de nuestros críticos) enfrentan
diversos problemas a la hora de buscar temas para su escritura, ya que deben lidiar
con las modas literarias, que a veces los alcanzan, y reelaborar temáticas que
rondan las librerías. En fin, equilibrar el peso de las secuencias dominantes,
residuales o emergentes de nuestro escenario. No se trata, pues, de una
liquidación radical ni una reinvención desde cero; todo lo contrario, muchos asimilan
influencias limitados por sus afinidades conscientes o no.
Con una cantidad ambiciosa de relatos, El extrañísimo Jim de Kent Figueroa nos
advierte desde el título —o al menos nos sugiere— que su contenido dará soltura
a cuentos donde existen, a plenitud, personajes abyectos (casi tétricos)
derrotados por fuerzas humanas y supernaturales (más divinas que fortuitas). A
esto debe resaltarse el rol de las relaciones familiares y sociales en la
creación de seres perturbados, excéntricos, vacíos desde la infancia
y/o adolescencia. Este libro es un mural de posibles explicaciones a individuos
afectados por su entorno y su núcleo familiar; quizás un manifiesto de vida de
su autor, que interpreta nuestra decadencia desde nuestro seno más preciado y
protegido: la familia.
Este libro de cuentos puede dividirse
fácilmente en tres grupos temáticos: cuentos fantásticos o de tendencia erudita que
exhiben la influencia borgesina; cuentos
urbanos —por etiquetarlos de una
manera— que presentan situaciones cotidianas que revelan a protagonistas que se alzan contra un orden social para luego ser derrotados por no medir los alcances de sus actos (entre estos podría agregarse a los que reflexionan de forma peculiar sobre el amor); y, por último, cuentos tétricos —casi maravillosos— donde jóvenes de ambos sexos se cruzan con monstruos y fantasmas salidos de experiencias trágicas o irreales.
manera— que presentan situaciones cotidianas que revelan a protagonistas que se alzan contra un orden social para luego ser derrotados por no medir los alcances de sus actos (entre estos podría agregarse a los que reflexionan de forma peculiar sobre el amor); y, por último, cuentos tétricos —casi maravillosos— donde jóvenes de ambos sexos se cruzan con monstruos y fantasmas salidos de experiencias trágicas o irreales.
Este libro presenta claramente la asimilación
de técnicas narrativas modernas, presenta cuentos con un estilo sobrio, sin
exageraciones ni florituras y que, en síntesis, lo avalan como un buen
muestrario de la capacidad narrativa del autor.
A modo de conclusión, entre nuestros textos recomendados se encuentran los cuentos
de estirpe fantástica como La comedia
inútil, Sobre el presente, El óbolo, El verbo y la botella, El extinguido,
entre otros.
Como ópera prima, Kent Figueroa se apoya en su tradición clásica que, como cita la contracarátula, apela al fin estético de la narrativa breve: relatar buenas historias.

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