La nostalgia y la memoria son dos de los
ingredientes esenciales en las ficciones de muchos escritores. Podría alegarse
que es el nervio de la literatura, como su barro primario para crear vida. En el caso del escritor austríaco Joseph Roth y su novela esta es palpable.
Retornemos, para ponernos en contexto, a un tiempo en el cual
los judíos eran los intelectuales más importantes en Europa y donde realizaban
indudables aportes a esa cultura. Sin embargo, entre ellos se suscitaban conflictos; así pues, un judío de occidente podía
fácilmente discriminar a uno de oriente, concretamente el lado este de Europa,
peor aún si se trata de un semejante de baja clase social. Pues bien, Joseph
Roth pertenecía a una familia de judíos de la periferia de un gran
imperio y era de modesta condición mas no de talento[1].
Este se muda de su natal Brody en su adolescencia y frecuenta la intelectualidad de Viena, en ese
entonces centro cultural europeo. Esto lo nutre y lo ayuda a comprender la
amplia variedad de pueblos confinados y gobernados por una minoría. El autor,
entonces, se gana la vida como periodista, lo que lo convierte en uno
reconocido reportero y sus notas periodísticas pronto se
volvieron solicitadas.
La marcha Radetzky es quizás su novela más conocida y la que lo descubrió a los lectores de Occidente (y la que puede hallarse con más facilidad en nuestro país).
La composición e himno no oficial del imperio,
La marcha Radetzky, fue compuesta en
honor a la victoria del general checo del mismo nombre; pero que aquí sirve de
título como una coordenada, es decir, esta canción será resignificada y marcará el fin de una era.
Ya que hemos mencionado una batalla,
deberíamos resumir una de valor para la novela, la batalla de Solferino (1859), donde se enfrentó el ejército austriaco contra una coalición francesa-italiana a causa de una invasión austriaca a un reino italiano. Contrario a lo esperado, los primeros pierden y el
emperador casi fallece pero no en batalla. El héroe, el teniente Trotta, es ennoblecido por
salvar al emperador de su imprudencia (este empleó un catalejo en un punto de
fácil disparo). Con esta escena da inicio la novela y presentará a los descendientes de Trotta como motivo conductor de la trama.
Los Von Trotta, como se esperaba, se convierten en la familia
bendecida por el emperador y Carl Joseph, nieto del héroe, será el encargado de
revivir la gloria de la familia al enrolarse en el ejército, pero verá vedada sus intenciones al descubrir que no posee las cualidades necesarias y que su relación familiar es tensa. La vida de Carl Joseph, entonces, nos informa de la tensión acumulada en los
pueblos que visita con su regimiento, en el malestar creciente entre checos, polacos y serbios.
Además, en sus conversaciones entre su padre y oficiales o condes se nos
ilustra los discursos políticos antimonárquicos, la pobreza de las fronteras, las actividades ilícitas de diversos sujetos y la constante analogía del país acerca de los cambios que realiza la Revolución industrial en el Viejo continente. En suma, la expectativa de una guerra mundial. Toda esta exposición de testimonios permite al narrador ilustrar los motivos por los cuales se disolvió la patria que Roth amó hasta su muerte.
En tanto de la prosa, podríamos afirmar que la actividad periodística del escritor lo dota de un manejo más propio de la crónica y esto marca la narración con la gracia de una anécdota que descubre un poco más de la vida y de sus negadas intenciones. Su prosa, a su vez, descuella en un siglo donde las florituras y los excesos de estilo —como largas descripciones de ornamentos en la prosa— eran equivalentes de buena literatura.
*
La sociedad que el autor representa pertenece, en su mayoría, a las esferas de los aristócratas (en menor medida), los burócratas y los militares de rango (donde su atención se posa mejor) y de códigos de conducta rígidos que hoy podrían parecernos patéticos.
Con todo esto presente, los temas que hallamos en este relato histórico son las luchas étnicas y los prejuicios de los austriacos contra todo lo
que no consideran civilizado (representado en las fronteras del imperio y los
pueblos eslavos), las relaciones sentimentales, la amistad, el amor vetado, la dureza e insensibilidad de lo considerado varonil, entre otros. Pero quizá el tópico relación padre-hijo también marque las
diferentes urgencias de un tipo de gobierno que ya tiene su sentencia de
muerte: las dinastías.
Tal
como concibe el crítico Benedict Anderson[2] se
volvió insostenible que una familia real impusiera una fe y un idioma a otras
sociedades subalternas. Estas ya se habían formado un concepto que era nuevo
para la época y remecía los cimientos de ese régimen: el nacionalismo. Este
será el nuevo motor y fuerza que arrasará con los antiguos Estados, aunque
—como define el autor— será creado sobre la base de figuras y relatos que
imaginan y crean un grupo humano con características únicas diferenciables de otros (aunque ya existían, esta operación les busca una
legitimidad que los desliga de los imperios que los oprimen).
Es así como durante toda la trama de la novela
el verdadero protagonista, Carl Joseph, intenta
convencerse de que pertenece a una patria y a un emperador. El amor y el honor (otra constante
en el autor) lo descubren a la vida, pero también desnudan sus conflictos internos.
Son sumamente ricas, y con un lenguaje connotado, las charlas que el protagonista mantiene con el conde Chojnicki acerca del nacionalismo, el emperador Francisco José y el futuro de la patria.
Sin temor a sobreinterpretar una de las metas del narrador judío, estamos ante una reflexión, con diversos
matices, del hundimiento y las tensiones del territorio. Su amplia diversidad de
etnias lo convertía en una bomba de tiempo; pese a esto, otra posible causa se
podría ubicar en el atosigamiento a las minorías consideradas de segunda
categoría y las etiquetas a diferentes pueblos, además de que el emperador
(figura esencial del desastre) mantiene el régimen absolutista en una era que exigía moldearse en libertades y derechos para los civiles.
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